EU.- El presidente de Estados Unidos dará este viernes una sacudida al tablero internacional. Cada vez más alejado de sus aliados europeos, Donald Trump va a anunciar que no certificará del pacto nuclear con Irán y que deja que sea el Congreso quien decida su futuro. La medida, aunque no supone la ruptura acuerdo, abre una estrategia mucho más agresiva con Teherán y un capítulo incierto para Oriente Próximo.

Las Cámaras, con una fuerte atomización de voto, tienen 60 días para decidir el próximo paso. En la medida en que la Casa Blanca reconoce que Irán se atiene técnicamente al acuerdo, no pedirá que se reactiven automáticamente las antiguas sanciones económicas contra el programa nuclear iraní. Pero sí quiere ampliar la diana contra el régimen de los ayatolás.

Su objetivo declarado, según fuentes del Departamento de Estado, es que el Congreso establezca nuevos líneas rojas y que en caso de incumplimiento, se reasuman los castigos. En este nuevo umbral entraría el programa balístico, la posibilidad de producir un arma nuclear en menos de un año y la negativa a extender la duración de las restriciones a la producción de combustible nuclear. “Buscamos neutralizar la capacidad de desestabilización del Gobierno de Irán y aminorar su apoyo al terrorismo”, señala un documento de la Casa Blanca.

El antiguo pacto, bajo esta perspectiva, se mantiene intacto. EU considera imposible su renegociación y lo que ahora persigue es establecer un perímetro punitivo más amplio, que desborde el campo nuclear y se decline según sus intereses estratégicos. “El actual acuerdo se circunscribe a las armas nucleares, pero esto no define todo el campo de acción política. Irán es un factor de desestabilización regional y hay que corregir deficiencias que no estaban contenidas en el acuerdo. No desaparece lo pactado sino que buscamos abrir una negociación sobre otros puntos que no se han tratado. Antes que romper, queremos arreglar”, señaló una fuente del Departamento de Estado.

El giro presagia tormenta. Con Trump han irrumpido en la Casa Blanca los tambores del miedo. Los complejos equilibrios fraguados durante el mandato de Barack Obama han empezado a saltar. No se trata solo de la retirada del Acuerdo de París contra el cambio climático o la frenética escalada nuclear con Corea del Norte. También son las relaciones con Cuba, reducidas a su mínima expresión, y ahora el pacto nuclear con Irán.

El acuerdo fue saludado en su día como un hito del multilateralismo y el diálogo. Un logro de la diplomacia de Obama equiparable a los acuerdos de Camp David en 1978. El texto, sellado en 2015 en Viena, limitaba el programa atómico iraní a cambio del levantamiento de sanciones económicas. Pero su alcance era mucho mayor. Dos enemigos acérrimos, que se habían enfrentado durante 40 años, se daban la mano y decidían concederse un respiro. En una tierra negra de sangre y fuego, el acercamiento de ambos contendientes parecía abrir una puerta a la calma. El acuerdo venía además refrendado por otras cinco potencias (Francia, Rusia, China, Reino Unido y Alemania), con lo que se volvía un modelo global para resolver otros conflictos. “Con el pacto nuclear compramos 10 años de paz para el mundo. Eso, como mínimo”, resume gráficamente Ben Rhodes, uno de los más cercanos consejeros de Obama y muñidor del acuerdo.

El éxito, con todo, no fue absoluto. Desde el inicio halló resistencias. Israel, el gran aliado de Estados Unidos en la región, rechazó el texto de Viena. No se fiaba de los buenos propósitos de Irán y sostenía que contiene una cláusula de extinción que se activa pasado el decenio y que, por tanto, no pone fin real al desarrollo del arma nuclear.

Trump, alérgico a todo aquello que lleve la firma de Obama, ha tenido siempre una percepción similar. En campaña lo calificó como el “peor pacto del mundo” y prometió romperlo si llegaba a la Casa Blanca. Ya en el poder, no ha dejado de zarandearlo, hasta el punto de que en septiembre ante el Asamblea General de la ONU lo consideró “una vergüenza” y dejó la puerta abierta a su rechazo formal.

Este impulso destructivo ha sido contenido durante meses por el alto mando de la Casa Blanca. El secretario de Estado, Rex Tillerson; el jefe del Pentágono, Jim Mattis, y el jefe del Estado Mayor, Joseph Dunford, se han mostrado partidarios de mantener con vida el acuerdo. Bajo su influencia, el Despacho Oval, más allá de los tuits incendiarios del presidente, ha certificado su continuidad en sus revisiones trimestrales. Nada excepcional si se tiene en cuenta que también la Agencia Internacional de la Energía Atómica y el resto de los firmantes sostienen que Irán cumple.

Pero el dique ha mostrado finalmente una fisura. En una decisión que tiene mucho de pirueta, Trump va a negarse a dar el visto bueno a la certificación y lo remitirá al Congreso. La medida, según el Departamento de Estado, ha sido largamente debatida. Frente al impulso inicial de Trump de echarlo todo por la borda, ha triunfado un camino intermedio. La Casa Blanca no va a recomendar que se reinicien las sanciones paralizadas desde 2015, pero sí quiere aprovechar que a su paso por las Cámaras se amplíe el campo de tiro y con ello lograr un doble tanto: mantener lo logrado en Viena y sumar nuevas dianas.

El comportamiento del Congreso aún es una incógnita. Trump asegura que cuenta con apoyos suficientes para sacar adelante la iniciativa. Pero anteriores propuestas, como la retirada del Obamacare, han fracasado estrepitosamente ante la incapacidad republicana para el consenso.

“El mejor escenario sería que el Congreso no aprobara sanciones o que estas fueran de baja lesividad. En todo caso, habrá que ver cómo reaccionan los iraníes y si consideran que se ha roto el pacto, porque entonces puede abrirse una escalada con efectos multiplicadores en Oriente Próximo”, indica el demócrata Rhodes.

Haya escalada o no, Trump ha vuelto a escribir la política internacional de EE UU con métricas internas. Es la doctrina de ‘América Primero’ trasvasada al campo electoral. Aunque su gesto sea incompleto, el presidente puede vanagloriarse ante su núcleo más fiel de haber cumplido su promesa y haber dado otro mazazo al aborrecido legado de Obama.

Para justificarlo se ha basado, no en incumplimiento técnico, que ni siquiera su Administración valida, sino en el fracaso del “espíritu del acuerdo”. Para la Casa Blanca, Irán ha defraudado las expectativas que empujaron a Estados Unidos a firmar el texto. La región, a su juicio, lejos de ganar en estabilidad, ha entrado en una espiral de violencia alimentada por Teherán. Ha sembrado de pólvora Siria, Yemen e Irak, ha fomentado la “ciberactividad criminal” y se ha embarcado en pruebas de misiles balísticos prohibidas por la resolución 2231 del Consejo de Seguridad de la ONU. Todo ello bajo la “inaceptable cuenta atrás” de la cláusula de extinción que permite a Teherán reiniciar su programa nuclear.

Esa es la visión de Trump. Y, con ella en la mente, ha optado por un gesto hostil. Ha sacado el puño antes que la mano. Sea cual sea el resultado del envite, los puentes entre contrarios han quedado dañados justo cuando Estados Unidos está inmerso en una vertiginosa escalada con Corea del Norte. Un problema que se suma a otro problema. Más tensión para el planeta. Y un presidente que no es capaz de levantar el pie del acelerador.

Compartir