LONDRES.- Conchita Martínez asistía sin poder disimular su asombro al monólogo en el que Garbiñe Muguruza acabó por convertir la final de Wimbledon. Su heredera como la segunda mujer española que triunfa sobre la hierba del torneo londinense, la primera que lo hace tras ganar también, el pasado año, en Roland Garros, había aplastado a una de las más grandes jugadoras de siempre.

La hispanovenezolana venció a Venus Williams en apenas 77 minutos de un partido colosal, sin bajar un ápice su magnífico rendimiento a lo largo del torneo. [Narración y estadísticas (7-5, 6-0)]Dos años después de caer ante Serena Williams en su primera final en el All England Club, Muguruza destruyó a Venus para ganar su segundo título del Grand Slam. Fue un triunfo impresionante.

Si en 2015 ya conquistó la admiración de los aficionados británicos con su conmovedora lucha frente a la menor de la dinastía, esta vez se los llevó por derecho, con un inapelable triunfo en la mano. A partir del lunes volverá al ‘top 5’ en el ránking tras un período difícil.Después de ver cómo el Ojo de Halcón dictaminaba que la bola de Venus se había ido fuera, Garbiñe se arrodilló sobre la línea de fondo y rompió a llorar.

Había convertido el tercer ‘match point’. Era la nueva campeona de Wimbledon y había disuelto a una extraordinaria jugadora, con siete títulos del Grand Slam, cuatro oros olímpicos y un largo paso por el número 1 del mundo.

El grado de beligerancia fue altísimo en el primer set. Si el cordaje de Venus despedía humo por la brutalidad de sus golpes, salía azufre de la raqueta de Garbiñe, dispuesta a llevar el combate hasta las últimas consecuencias, a remar también cuando lo exigían los impactos de su rival.

No le importó tener frente a ella a una pentacampeona del torneo, a la finalista más longeva, con 37 años, precisamente desde que Conchita Martínez derribara a Martina Navratilova en 1994.

La hispanovenezolana salió fortalecida de las dos bolas de set que superó en el décimo juego, en un nuevo alarde de valor y templanza. La primera acabó con una derecha a la red de Williams tras el más largo de los intercambios hasta ese instante, uno de esos diálogos de altísimos decibelios, ejercicios afinados de violencia y precisión, que abundaron en una intensísima disputa a lo largo del primer parcial.

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La segunda la sofocó con un saque ganador.Fue quizás a partir de ahí cuando Muguruza se dio definitivamente cuenta de que la diva que tenía al otro lado de la red era vulnerable, que podía manejarse en el mismo idioma y que frente a la experiencia ella oponía, entre otras cosas, mayor frescura en las piernas.

Con 23 años, se encuentra sin duda en el punto más alto de su aún breve trayectoria, una vez bien cocinados los suculentos ingredientes de su tenis. Venus, de un lado a otro. Ella sí rompió a continuación, tras otra larga conversación en alta voz, que acabó con una derecha larga de la norteamericana. Después, ya con 6-5, hizo bueno el ‘break’ y tomó una ventaja sustancial en el partido.

Fue así porque ella misma supo sacar réditos de la conquista parcial. Una vez tomada la iniciativa, obligada Venus a correr de un lado a otro, sometida al desgaste de las violentas sacudidas que le venían de su oponente, se resquebrajó casi en pedazos en el segundo set. Perdió su saque en dos ocasiones y dejó a la hispanovenezolana campo abierto, la Central de Wimbledon, cubierta debido a la lluvia, circunstancia que en principio no favorecía sus intereses, como un hermoso parque por el que circular casi a su antojo.

Un 6-0 a Venus Williams no se firma todos los días, y menos aún en una final del Grand Slam. Lo contemplado obligaba a una cierta incredulidad. Pocas veces se vio jugar así a una aspirante al título. Muy pocas también terminó la gran Venus Williams con tales muestras de frustración. Grandiosa Garbiñe, puso la Historia a sus pies.”¿Tienes un mensaje para tu entrenador, Sam Sumyk, que no está aquí?”, le preguntaron a pie de pista “Sí, aquí está”, dijo mostrando la bandeja de campeona, sin olvidar el reconocimiento al resto de su equipo con Conchita Martínez a la cabeza.

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